miércoles, 20 de agosto de 2014

La sangre que corrió en las calles de mi colonia.

Ustedes han visitado mi casa y han visto que hay un puente vehícular en el cruce de Tlalpan y Churubusco, para sacar la platica siempre les digo a mis amigos que ese puente tiene una serie de historias trágicas y tristes que hielan la sangre.

Es 1847, el 20 de agosto. Antes estos terrenos eran una gran hacienda, la de los Portales, en dónde está el CNA era un horrible pantano que se extendía todo el Country Club, la calzada de Tlalpan ya existia y Churubusco si era un río y Tlalpan lo cruzaba por un viejo puente de piedra.

Scott ha vencido en Padierna a las fuerzas mexicanas y persigue a Santa Anna hasta donde está el puente, ahí es repelido por las baterías mexicanas. Además, a unos metros está el Convento de Churubusco, fortificado más o menos, a las prisas, por el General Anaya. Scott mira aquello desolado, la toma de la ciudad no será tan fácil, pero no contaba con Santa Anna.

Resulta que la toma de Churubusco comienza muy mal para los estadounidenses, mueren por montones entre las balas mexicanas e irlandesas (ahí, el Batallón de San Patricio). En el puente la cosa no está mejor, pero la fatalidad mexicana hace acto de presencia, los americanos comienzan a avanzar hacía el puente escudados en los cañones que las tropas mexicanas habían olvidado sobre Tlalpan, a la altura de Taxqueña.

Scott quiere apresurar las cosas y manda a algunos incautos a ver si pueden avanzar por el pantano, pero resulta una muy mala idea que los mexicanos aprovechan. Santa Anna, ya replegado en San Antonio Abad, recibe el mensaje de auxilio de Anaya y de Manuel Rincón. ¡Necesitaban parque! Santa Anna duda, como lo ha hecho toda la campaña, en algún momento manda a algunos hombres a reforzar el puente y manda entre prisas las balas para el convento.

En el convento Twiggs, el general encargado por Scott, hace que sus hombres aprovechen las trincheras que los propios mexicanos habían construido pero aún así el asalto toma tintes de hazaña: Si han visto el Convento sabrán a lo que me refiero, es una roca, una mole que descansa firme sobre sus cimientos.

Las balas llegan, pero la maldición es mucha: el calibre es diferente. Los dos generales mexicanos se frustran pero mandan resistir. Irlandeses y mexicanos muestran el ingenio, muerden las balas hasta darles el tamaño adecuado para que entren por el cañón del fusil aunque en ello se destrocen los dientes. Esto retarda cada disparo pero al final, hay disparo.

En el puente los estadounidenses ya están más cerca, finalmente se ordena el asalto a balloneta y la sangre sobre el puente se hace. Los cuerpos de muchos caen al río.

En el convento ya no hay balas, morderlas no es opción. Anaya muestra la bandera blanca. Cuando Twiggs está dentro del convento, frente a Anaya le alaba el valor de los mexicanos. Con coraje y vergüenza Anaya responde: "Si hubiera parque, usted no estaría aquí".

El puente cae, y la lucha se traslada a la hacienda de los Portales, dónde actualmente esta el puente vehicular de Zapata o eje 7. Ahí, los pocos mexicanos que quedaban son acribillados y algunos son fusilados frente a esos portales que le darán nombre a la estación del metro.

Por Tlalpan camina el ejercito norteamericano. Los civiles mexicanos de las ladrilleras y las milpas los ven pasar, hay llanto.

Twiggs manda recoger los cuerpos de los soldados estadounidenses. A los mexicanos se los comerán los buitres. Deja ir a los soldados mexicanos pero les advierte a cada uno una cosa: "Si te veo otra vez en batalla y te capturo, no morirás, te torturaremos."

A los de San Patricio se les fusila a casi todos y a los que no, se les marca la cara con un hierro candente con la "D" de desertor.

Scott decide que entrar por San Antonio Abad puede traer consigo otra de estas batallas onerosas, entonces decide marchar a Tacubaya y ahí lo esperan los cadetes del Colegio Militar. Luego de Chapultepec, Santa Anna huye de la ciudad con todos los generales, el ejercito se va y los civiles ahora son los que disparan a modo de guerrilla. Pero no pasa mucho tiempo y la bandera de Estados Unidos se coloca en el Zócalo capitalino... dicen que de eso, de ese trauma, jamás nos pudimos levantar, y creo que es cierto.

Hoy el puente sigue ahí, es moderno y más ancho, ya no cruza un río sino una grande avenida. El convento es un museo y mi padre cuenta que cuando niño se divertía sacando las balas incrustadas en las paredes de roca.

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