Es la
estación central de trenes de Firenze (Florencia, donde todo comenzó);
ella no suelta su mano y de vez en vez le abraza; él, que no pasa de los
veinte años igual que ella, le dice frases en un italiano bello que no
comprendo del todo pero del cual entiendo toda la intención. La amable
voz de la estación anuncia la partida del tren, el nuestro, y el
maquinista se abre paso con prisa entre los
enamorados que estorban en la puerta del primer vagón dándose el último
beso. Finalmente, ella sube al vagón, sus manos se separan y ella
suelta algo más que las lágrimas; él por su parte, trata de huir rápido
del andén, reacción muy masculina para evitar que lo vean llorar, pero
no puede, se detiene apenas luego de unos cuantos pasos y la mira por
ultima vez a través de la ventana dónde ella también lo mira con las
palmas de las manos sobre el cristal. Luego de unos minutos y un
pañuelo, ella se sienta en su puesto a lado mío. El tren ya esta en
jornada. Pienso en decirle que todo estará bien, que nada puede ser tan
malo, que la vida esta llena de estas cosas y que el sol saldrá
mañana... pero no puedo porque sólo soy una wallflower observando como
estas cosas pasan no solo en las películas. Esto paso en la estación de
trenes de Firenze (Florencia, donde todo comenzó).
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