En este libro se recogen diversas experiencias acontecidas
entre los años 2009 y 2018, periodo en el que regresé a practicar fútbol de
manera amateur. Sirva este texto de homenaje a todas aquellas jugadoras,
escuadras y ligas que se han atrevido, que han desafiado, que le han plantado
cara a aquello del “juego del hombre”.
LUNES
Como en cualquier urbe occidental, el lunes se les presenta espeso a los
habitantes de Ciudad de México que obedecen horarios de oficina, que ejecutan deberes
domésticos impostergables o que atienden al llamado de campanas escolares que
anuncian el comienzo de la primera clase en un punto del día en el que todavía
no se ha ni asomado el sol. El andar viscoso por las calles se vuelve tan
inhumano que ya no vale la pena ni preguntarse la razón por la que se soportan trayectos
de treinta minutos a dos horas enlatado en un automóvil particular, apachurrado
en un autobús o respirando un cóctel de perfumes, desodorantes y sobacos en un
atestado vagón del metro. Conforme la mañana va aclarando, el cuerpo se adapta
nuevamente a la rutina y se resigna a saberse atrapado, nueva e inevitablemente,
en el primer día de la semana. Para cuando el reloj marca la una de la tarde las
calles siguen bulliciosas pues, según testimonian los taxistas y conductores de
UBER, ya no hay momento del día en que
la ciudad esté tranquila. El proletariado que se mudó de la fábrica a la
oficina sale como marabunta de los edificios hacía los puestos de comida
callejeros para improvisar el almuerzo. Y luego de esa pausa que sabe un poco
al fin de semana que recién nos abandonó, todos regresan al puesto de trabajo,
porque hay que ganarse el pan y, principalmente, pagar las deudas. Entonces,
entre las cinco y las ocho de la noche se produce el escape milagroso rumbo a
casa, eso si no hay horas extra que cubrir. Los estudiantes del turno matutino
huyeron poco antes de las aulas, fueron reemplazados por los del turno
vespertino que tienen el dudoso privilegio de mirar desde casa la mañana de ese
lunes con altos niveles de smog. En fin, la noche del lunes no dibuja ninguna
esperanza porque de antemano se sabe que mañana será solo martes y que el
viernes es todavía muy lejano. Los lunes, malditos sean los lunes.
Es entendible entonces que el lunes y el fútbol están peleados desde
tiempos inmemoriales (pregunten sino a los aficionados del Eintracht
Fránkfurt). Sin
embargo, desde hace algunos años, los jugadores amateur de la Ciudad de México
sabemos que cualquier día es justo y bueno para jugar, incluso el lunes. Por
supuesto, esto ya lo sabían desde hacía mucho todos los niños que convertían
patios o calles en campos de juego, pero por alguna razón los adultos lo habían
olvidado. Cuando las ligas de aficionados comenzaron a explotar los espacios
más pequeños para jugar y crearon canchas en casi cualquier rincón de las
ciudades tacañas que habían expulsado a los campos de fútbol once, con todo y
césped o barro, y cuando el fin de semana resultó insuficiente para abastecer
la demanda de tiempo de juego, fue que apareció la rutina futbolera semanal
diaria para los adultos, supongo que fue como volver a ser niños otra vez. Hoy
en día, al menos en Ciudad de México, ese monstruo de casi veinte millones de
habitantes, es posible jugar un partido cada día de la semana, de lunes a lunes.
Los hombres se beneficiaron de ello casi desde el comienzo, pero la
particularidad de esta crónica es que aquí se cuenta la versión de esa mitad
del fútbol que, incluso si llega al sueño profesional, está condenada por
cultura a jugar el partido desde la desventaja, siempre de visitante, eternamente
destinada a ver cada juego desde la platea de sol a la que también le da la
lluvia. Esa parte del fútbol es la femenina, en este caso específico, la de las
brujas pamboleras de una fracción de la porción sur de la Ciudad de México.
México es fútbol por todas partes, desde el amanecer del siglo XX y sus campos
de tierra en los barrios de la Condesa y la Roma que vieron nacer a las escuadras
del Atlante, el América o el Necaxa, hasta los días de adulto mayor del Estadio
Azteca y sus dos copas del mundo de apellido Pelé y Maradona; la actualidad está
ahora ligada a la televisión como dueña, a los programas de polémica futbolera
y a las denostaciones entre las diversas aficiones a través de las redes
sociales y actos violentos. Más abajo, en el amateurismo, conforme la ciudad
crecía a lo largo del siglo XX, los campos de juego iban quedando cada vez más
lejanos y desterrados, sustituidos por torres de departamentos al estilo Pani,
y solo algunos permanecieron estoicos entre la mancha urbana que devoraba todo
tipo de áreas verdes. Cuando mi generación era pequeña, a mediados de la época
de 1980, ya era evidente que a nuestra ciudad le hacían falta parques, árboles
y césped. En cambio, le sobraba smog, automóviles, delincuencia y estrés, era
un feo lugar para crecer, era un mal lugar para vivir, pero era lo que teníamos
para jugar fútbol. Hoy, año mundialista del 2018, la ciudad no ha cambiado
mucho. Se presume progresista y ciertamente algo hay de eso: algunos ciudadanos
tomaron seriamente la defensa de cada árbol de esta urbe y algunos de ellos
sostienen batallas imposibles de ganar en contra de los especuladores
inmobiliarios obsesionados en construir más condominios que nadie habitará. Una
variante de estos especuladores son los que comenzaron a aprovechar el poco
espacio disponible para llevar el producto del fútbol a aquellos que en la
ciudad querían practicarlo y no podían esperar al fin de semana o no querían o
podían viajar a la periferia de las ciudades a donde ya habían sido exiliados
los campos de juego. Así, nos pusieron primero, a principios de los noventa,
canchas de fútbol rápido, una variante del fútbol sala con el terreno de juego
limitado por bardas de madera, como para evitar que la fantasía se escape por
falta de técnica. Este tipo de variante
del juego fue popular en los noventa y los centros donde se concentraban estás
canchas llevaban nombres sugerentes a la velocidad que, debido a las bardas, tomaba el juego. El Centro Rayo, al sur de la
Ciudad de México, y justo enfrente del mítico estadio Azteca, fue sin duda el
más representativo de esos sitios de fútbol rápido. A mediados de la década del
2000, esta variante del juego perdió popularidad, las bardas de las canchas,
comúnmente construidas en madera, se pudrieron al paso de los años y a alguien
se le ocurrió sustituirlas por canchas de una nueva variante: el fútbol 7.
En el fútbol rápido había cinco jugadores de campo más el portero por
cada equipo y se jugaban cuatro tiempos de diez a quince minutos. En el fútbol
siete, como su cabalístico nombre lo indica, se permiten seis jugadores de
campo más un guardameta y ya no hay bardas de ningún tipo que evitan que la
pelota (más chica que la de fútbol once) salga del terreno de juego. Y así,
esas canchas de fútbol siete fueron apareciendo como contagio por toda la
ciudad, solo en algunos pocos sitios la nostalgia triunfó sobre la moda
haciendo prevalecer una que otra cancha de fútbol rápido. Como las dimensiones
de una cancha de fútbol siete son todavía considerables para una ciudad en la
que cada metro cuadrado se tasa su precio en oro (exagero, pero no mucho),
algunos especuladores aprovecharon espacios más pequeños, o incluso azoteas de
edificios o centros comerciales, para versiones de fútbol cinco o de menos
jugadores, ya solo nos falta ver si alguno no hace (y cobra) una liga de fútbol
solo, de 1 contra 1.
El
día de hoy, lunes, justo nos toca jugar en una cancha de fútbol cinco no apto
para claustrofóbicos, en una canchita ubicada a unas cuantas cuadras de su casa.
La canchita de Tranvías comparte, irónicamente, espacio con dos canchas de
fútbol soccer (de las poquísimas que quedan en el interior de la ciudad) y una
de futbol siete, además de dos campos de beisbol (¡todavía más escasos!). Orientada
de norte a sur está la legendaria cancha uno de Tranviarios,. su césped es
sagrado pues ahí, cuando la liga del sindicato de los Tranviarios era de las
mejores de la ciudad, varios ex-jugadores profesionales (“talacha” le decimos en
México a esta especie de semi-profesionalismo) jugaron en los equipos de esa
liga. En aquel entonces, la pipiolera gustaba de entrar al medio tiempo de los
partidos para pelotear en la cancha y no pocas veces aprovechaba para pedir
autógrafos a los jugadores famosos. En ese tiempo de esplendor, la cancha ya se
separaba de la avenida Municipio Libre por una reja habitada por enredaderas, y
la entrada estaba sobre uno de los costados de la cancha. Paralelo al campo,
estaban los vestidores de jugadores y árbitros (con regaderas) y una pequeña
tienda donde se vendían refrescos Lulu y Crush. Al límite de este complejo,
estaba el pequeño graderío techado del lado Este (había otro idéntico del lado Oeste)
que eran apenas unas cinco filas de asientos de concreto; sobre estas gradas
los viejos empleados del sindicato se sentaban a mirar los juegos a los que no
les faltaba calidad y emoción, aquello era como el Parque Asturias resucitado
luego de ser quemado. Atrás de las porterías habían varios árboles acomodados en
fila india como recogepelotas estáticos. Más al sur estaba la cancha dos y,
entre el espacio que dejaba el graderío Este con la calle, había un pequeño
espacio pavimentado que era utilizado como estacionamiento. Y sobre este
pequeño espacio de cuarenta metros de largo por quince de ancho es que, cerca
del año 2014, se construyó la canchita de fútbol cinco de Tranviarios. Al
pavimento solo le colocaron encima una capa de pasto sintético, se colocaron
algunas sillas para conformar las banca de los equipos local y visitante, y se
colocó un marcador electrónico.
El equipo de los lunes lleva por nombre las Balas Perdidas...