El año nuevo me es indiferente, es como la secuela de la cena de Noche
Buena pero con menos toque familiar. Recuerdo algunos cambios de año
memorables para mi, el primero fue en Puerto Escondido, Oaxaca, era el
lugar perfecto, lleno de jóvenes hermosos y de todas las nacionalidades,
fuegos pirotécnicos, la playa, el mar, el alcohol, el rock en vivo. Una
fiesta en toda regla... y yo estaba tan
frustrada con mi vida que lo que más recuerdo de esa noche fue tan
amargo que se me tatuó en el alma. La cuenta regresiva explotó de forma
irónica con el éxito de The Cure: "Boys don't cry". Cuando estás
deprimida no hay nada peor que la más perfecta de las fiestas como
escenario. Fue mi climax y doctorado como wallflower, esa noche sembré
nuevos odios cosechando viejos rencores.
El segundo recuerdo es un poco más agradable, fue en el cambio de siglo. Había una torre de comunicación, su estructura estaba colocada sobre un edificio lo que incrementaba su altura. Poco antes de la media noche, acompañada de mi primo y mi hermano, brincamos ilegalmente la barda que impedía el acceso a la torre. La miramos impresionados desde abajo, con sus lucecitas rojas y azules que servían para evitar que alguna aeronave se estrellará con ella pero que al mismo tiempo la vestían ad oc para la época. Esa noche en la ciudad había tormenta eléctrica, pero eso no amainó mi ánimo por ascender. Luego de unos veinte metros llegué a la plataforma de descanso, mi primo me alcanzó hasta allí mientras yo seguía mirando la cima. Sin más, continué escalando por las resbaladisas escaleras de la delgada pero alta estructura de la torre, finalmente llegué hasta arriba y mire las luces de mi ciudad y de fondo la tormenta eléctrica. El frío era espantoso y el viento lo agravaba, además hacía que la torre se moviera de forma ligera pero no poco espeluznante. entonces, comenzaron los fuegos artificiales por todas partes y con los rayos bailaron con armonía en ese cielo nuboso. Estuve unos quince minutos en la cima de esa torre, yo sola, mirando el mundo desde arriba, disfrutando el espectáculo de luz. El hedonismo me impedía ver el riesgo, la caída o la muerte... solté las manos y me mantuve en equilibrio solo con mis pies y pantorrillas bien sujetos al obtuso hierro que me servía de hombro de gigante.
Pensé en el nuevo siglo, en el futuro y mi suerte como Viola, con tantas cosas que no podía decir, con tanta energía que debía contener... un trueno me sacó de mis contemplaciones y descendí lentamente. Mis cómplices abajo me recibieron con alivio y regresamos a la cena. Me había gustado tanto ver las cosas desde arriba que me prometí nunca más dejarme descender.
El segundo recuerdo es un poco más agradable, fue en el cambio de siglo. Había una torre de comunicación, su estructura estaba colocada sobre un edificio lo que incrementaba su altura. Poco antes de la media noche, acompañada de mi primo y mi hermano, brincamos ilegalmente la barda que impedía el acceso a la torre. La miramos impresionados desde abajo, con sus lucecitas rojas y azules que servían para evitar que alguna aeronave se estrellará con ella pero que al mismo tiempo la vestían ad oc para la época. Esa noche en la ciudad había tormenta eléctrica, pero eso no amainó mi ánimo por ascender. Luego de unos veinte metros llegué a la plataforma de descanso, mi primo me alcanzó hasta allí mientras yo seguía mirando la cima. Sin más, continué escalando por las resbaladisas escaleras de la delgada pero alta estructura de la torre, finalmente llegué hasta arriba y mire las luces de mi ciudad y de fondo la tormenta eléctrica. El frío era espantoso y el viento lo agravaba, además hacía que la torre se moviera de forma ligera pero no poco espeluznante. entonces, comenzaron los fuegos artificiales por todas partes y con los rayos bailaron con armonía en ese cielo nuboso. Estuve unos quince minutos en la cima de esa torre, yo sola, mirando el mundo desde arriba, disfrutando el espectáculo de luz. El hedonismo me impedía ver el riesgo, la caída o la muerte... solté las manos y me mantuve en equilibrio solo con mis pies y pantorrillas bien sujetos al obtuso hierro que me servía de hombro de gigante.
Pensé en el nuevo siglo, en el futuro y mi suerte como Viola, con tantas cosas que no podía decir, con tanta energía que debía contener... un trueno me sacó de mis contemplaciones y descendí lentamente. Mis cómplices abajo me recibieron con alivio y regresamos a la cena. Me había gustado tanto ver las cosas desde arriba que me prometí nunca más dejarme descender.
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