Una
de las historias que más recuerdo de mi escuela secundaria, etapa que
sufrí, fue la de aquel chico sin gracia y la chica más bonita de la
escuela. Aquello fue épico y de cuento de hadas. Ella era delgada,
rubia, el estereotipo robado de afrodita. El era bonachón, buen tipo
pero sin ningún talento ni cosa especial, su grupo de amigos no era
mejor y podría decirse que su estatus social en la escuela era más afín al de los perdedores. Pero un día...
En la clase de educación física, en un día cualquiera de mitad de curso escolar, yo tenía de pareja a este chico bonachón, nos teníamos que pasar un balón de basquetball uno al otro cuidando que votara solo una vez en el suelo. Puff, aburrición. Pero entonces, la chica, la copia de Barbie, se acercó a mi compañero y éste detuvo la actividad, por supuesto al maestro esto no le importó. Casi de inmediato un compañero, amigo de aquel chico, se acercó a ver de que hablaban, chismoso, pronto fue apartado pero se acercó a mi con una sonrisa en la boca y me dijo:
En la clase de educación física, en un día cualquiera de mitad de curso escolar, yo tenía de pareja a este chico bonachón, nos teníamos que pasar un balón de basquetball uno al otro cuidando que votara solo una vez en el suelo. Puff, aburrición. Pero entonces, la chica, la copia de Barbie, se acercó a mi compañero y éste detuvo la actividad, por supuesto al maestro esto no le importó. Casi de inmediato un compañero, amigo de aquel chico, se acercó a ver de que hablaban, chismoso, pronto fue apartado pero se acercó a mi con una sonrisa en la boca y me dijo:
—Se le esta declarando.
Yo dije algo así como que estaba bien, todos tenían derecho a
intentarlo. Lo habían intentado todos los chicos que tenían
posibilidades: atletas, bufones, rebeldes sin causa, peleoneros
pedantes, todos habían recibido un NO por respuesta. Pero entonces aquel
compañero de la sonrisa enorme, me corrigió:
—¡No!, ¡ella se le esta declarando!
Vaya sorpresa, me quede muda con el balón de basquet entre mis manos.
Cuando la chica terminó aquello se reunió de nueva cuenta con sus
amigas. El chico se vio rodeado por sus amigos, emocionados más que él
que parecía en estado de shock.
—Le dije que sí —dijo.
Que estupidez, no podía haber dicho otra cosa.
Aquello fue el comienzo de una pesadilla porque
verán, la vida no es como en las películas. Sucedió que toda la escuela
se enteró, era inevitable y ninguno de los involucrados tenía la
intención de tener aquello en la oscuridad. Pero eso fue la tumba de esa
breve relación adolescente.
Un día, uno de esos estúpidos
peleoneros, envidioso, malhechor, reto al chico bonachón a una pelea.
Aquello fue un suceso, fue en el recreo. No me pregunten por las
autoridades escolares, eran adultos frustrados que poca atención nos
ponían. Aquello fue triste, las apuestas estaban todas con el maloso a
quien le bastaron cinco minutos para dar tres golpes certeros a la cara
del chico bonachón. El ojo se puso tan morado, la sangre manchaba el
suéter escolar de ese pobre diablo y yo veía aquello para contárselos
veinte años después.
Después de eso, el pobre no tuvo más autoestima y los demás no le tuvieron piedad. Pasó el resto del año escolar escondido, por supuesto, cuentan, un día le dijo a la chica que no podía seguir siendo su novio, que ella merecía un hombre, alguien mejor. Ella lloró su tragedia. Al siguiente año ninguno de los dos regresó. El orden establecido estaba otra vez en su lugar, la cadena alimenticia regresaba a su normalidad.
Pero amigas mías, amigos, de vez en
cuando, el orden establecido se rompe y nos da estas historias
increíbles y dramáticas, sólo para romper la rutina de nuestra vida
seca. Viva lo que parecía imposible.
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