lunes, 3 de noviembre de 2014

Violencia

Se acerca el 5 de noviembre, día que dignifica la acción, el movimiento, la determinación absoluta y la Ayotzinapa de moda lo honrará haciendo un paro. La siguiente semana tendremos otra marcha, se formarán asambleas para discutir, otra marcha, quizás un cacerolazo o una acción cultural se les ocurra en el transcurso para refrescar a la continua y predecible secuencia de marchas PACÍFICAS. Mucha indignación en las redes sociales, descalificaciones entre todos los bandos y colores... y... y esa película yo ya la ví.

Perdón si creo que Ayotzinapa se morirá igual que el 99, el movimiento del poeta, el México sin sangre o el 132. Comienzo a pensar que los radicales tenían razón: el cambio rápido, ese que alcanzaría a ver mi generación y la de mis padres, solo puede llegar por medio de la violencia. Pero el pacifismo se toma como dogma: movilización pacífica, marcha pacífica, paro pacífico. Pero... ¿a quién relamente beneficia está actitud pacífica? A como yo lo veo el gobierno le ha sacado todo el partido y ha triunfado con eso. Un grupo de anarquistas enfocan su violencia contra los miserables granaderos, pero ¿quién osaría dirigir la violencia contra los verdaderos titiriteros del asunto? ¿Por qué no tomar Televisa por la fuerza en lugar de solo cercarla PACIFICAMENTE?  ¿Por que no ir y asaltar Los Pinos, tomar el Zócalo, irrumpir en San Lázaro o detonar los edificios de las principales y más canallas empresas del país? Para mi la respuesta clara: porque hay mucho que perder. Esas acciones violentas requeririan su cuota en sangre, tortura y cárcel y ¿quién quiere ser martir? ¿Que estudiante va a querer perder la vida o peor aún, las chelas de cada fin de semana, por ir y cambiar el país? ¿Qué estudiante se va a joder el futuro profesional en aras de los más pobres? ¿Qué estudiante? Pues ninguno.
Las guerrillas han nacido siempre donde no queda nunca más opción, donde no hay nada que perder, donde es segura la muerte al día siguiente, por eso Guerrero y Chiapas han sido su escenario y por eso Ciudad de México, Monterrey o Guadalajara, la UNAM, la Ibero o la Normal, nunca podrán gestar una revolución. Una joven declaraba muy indignada: ¡Nos están matando! Pero en Ciudad de México mueren más jóvenes por accidentes relacionados con el abuso de alcohol que por el narco, el crimen o, ya no digamos, la mano del gobierno.
La cuestión es está... ¿tenemos otro camino? Si lo hay ya habría que empezar a experimentar con ello. De lo contrario si realmente queremos el cambio habría que empezar a considerar perderlo todo.