miércoles, 20 de agosto de 2014

Exploramos porque...

Desde que tenía seis años mi padre nos enseño a mi y mis hermanos a viajar. Eran las vacaciones familiares pero para mi eran un autentico viaje de exploración los lugares más recónditos de mi universo conocido.

Con mis primos y hermanos jugábamos a explorar y viajar a tierras desconocidas. Mención especial merece aquella vez que mis padres nos encontraron llorando todavía sosteniendo una "liana" (dos sábanas unidas por un nudo de dudosa resistencia) en medio del abismo del templo de la calavera en la Amazonia (la escalera de nuestra casa), era evidente que la expedición había salido muy mal (la liana no había soportado nuestro peso)... santo porraso nos habíamos dado mi hermana, mi hermano y yo, pero eso no me detuvo.
Tiempo después tuvimos una fiesta de esas de cumpleaños y todos teníamos bicicletas. Recuerdo que la idea era ir hasta el local de las "maquinitas" dónde además de los videojuegos se podían comprar buenos helados y dulces. La misión era absurda, ¿por qué ir a buscar la diversión cuando la fiesta misma era ya muy divertida? Teníamos pastel, muchos dulces y demás... ¿por qué ir a aventurarse a lo desconocido, arriesgar nuestra vida o peor aún, arriesgarnos a un regaño severo de nuestros padres? Pues porque si.
Así, poco a poco las metas se fueron extendiendo, una cuadra, dos cuadras, el límite de la colonia, los parques de las otras colonias, hasta que un día hacíamos viajes en bicicleta en que cruzabamos los límites delegacionales. Eso era demasiado para un grupo de niños, era nuestro ecuneme y yo llevaba un mapa con el registro de todos nuestros triunfos.
Durante la adolescencia perdí la brújula, en todos los sentidos. Pasado ese periodo de terrible desperdicio de tiempo, arribé a mis veinte con una nueva hambre por explorar y el mejor remedio fue... ser geografa.

A lado de gente desconocida comencé a explorar mi país, a respirar su esencia, a conocer a su gente, sentir su realidad, vivir México, así, literal. Esos viajes se llamaban prácticas y algunos los veían como oportunidades perfectas para emborracharse muy lejos de casa... pobres mentes de corto entendimiento, pero hasta ellos aprendían algo, ¡así de significativas eran las prácticas!

Entonces, en un alarde de autonomía decidí comenzar los primeros viajes sin auspicio de mis padres o de la universidad. Fue extraño, eran viajes distintos, la libertad de poder decidir los tiempos o las rutas, de explorar pues. De mochila al hombro recorrimos la Baja California, el desierto de San Luís Potosí y las montañas del centro de México.

Lo que vino después fue una consecuencia lógica de mi locura, fui más lejos. Crucé el Atlántico y de ese modo pude dimensionar mejor a mi país y mi gente. Hablé otros idiomas y tuve otros horarios, pagué con otras monedas, me llevé al estomago majares increíbles y en mi mente grabé magníficos paisajes.

Mi primer día en Perugia, Italia, no tenía equipaje (la aerolínea lo había perdido), no tenía dinero (la tarjeta estaba cancelada por "razones de seguridad"), no conocía a nadie, afuera la medianoche helaba y todo era extraño, nuevo, amenazante. Tenía miedo, pero al mismo tiempo gusto, era como decir... aquí vamos de nuevo, eso es lo maravilloso de viajar, los cambios te motivan no te detienen.

Y en esas ando, el próximo año cruzaré el Atlántico otra vez y si todo sale bien añadiré a mi lista de continentes visitados el asiático. Los científicos dicen que todo es culpa de un gen (7R), será el sereno, lo que es indudable es que es inevitable moverse, viajar es... mi vida, es lo que soy.

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