miércoles, 20 de agosto de 2014

Celulares

Ayer nuevamente se abrió el debate en mi casa de la terrible, capital y vital importancia del teléfono celular en la vida del ser humano y como este aparato es uno de los mejores inventos del mundo al nivel de las vacunas, y sin duda muy por encima de estupideces como la reflexión, la paciencia, la formalidad, la puntualidad, la escritura o el contacto humano. Básicamente el debate es que yo niego todo lo anterior y no quiero tener uno de esos aparatos. Su tono me molesta pues casi siempre estoy leyendo, escribiendo u observando y esa musiquita estresante me rompe el placer de la concentración. La voz de mis amigos a través del auricular se escucha casi tan horrenda como el sentir que cada segundo de esa llamada tiene un alto costo económico. Dinero que alimentará las rebosantes arcas de oro del hombre más rico del mundo por imposición (la palabra está de moda qué quieren). No entiendo de planes y tecnologías blu-too (sic, wherever), soy como una jodida anciana decrepita nostálgica por tiempos que nunca vivió, cada vez que le digo a alguien "al diablo con el celular" me quieren mandar al manicomio.

Sus defensores me aseguran que siempre habrá emergencias que la rápida e inmediata comunicación pueda solucionar, varias veces me han convencido u obligado con ese argumento a portar un celular... pero por cada emergencia hay que refregarse mil y un avisos de "Ya no llegó", "Estaciono nada más el carro", "¡En cinco minutos!", "Estoy aquí a la vuelta", "Su saldo ha terminado". Lo siento pero prefiero correr el riesgo de la incomunicación en la tragedia que vivir con la preocupación de:
"Ya llevo mi llaves, la dirección, ah ¡el celular! ¿Donde está mi celular?"

Fueron épocas oscuras y bizantinas cuando tenía siempre la necesidad de llevar ese aparato a donde fuere, incluso a los lugares donde "Mexico ya no es territorio Telcel" y resultaba perturbadormente inútil pues "ya no hay señal", además no solo había que llevar el telefonito, también el maldito cargador y cuando alguna de estas cosas se me llegaba a olvidar me sentía como habitante de la Troya incendiada por Agamenón, la tragedia me llenaba y pensaba en todas las llamadas que perdería por mi terrible estupidez (aunque casi todas esas llamadas eran para cosas "del trabajo").

En Italia el teléfono en cuestión es obligatorio así que debí comprar y pagar uno durante todos los meses que estuve allá... hice una sola llamada en todo ese tiempo y debí haber recibido unas cuatro, eso si, el chiste rondó los 120 EUROs. Jamás sentí tanto la pérdida de mi dinero.

Por lo regular tengo a mis seres queridos compartiendo el mismo espacio real o virtual (el de las redes sociales). No hay ningún enamorado que quiera oír mi voz y todos saben donde encontrarme, y cuando no lo saben es porque no quiero que lo sepan, punto. Entonces ¿por qué debo, y amplio la pregunta, por qué todos deben esperar que yo tenga un celular? ¿acaso ustedes no miran con horror como ese aparato sustituye los timbres (se los juro, hay gente que no toca, ¡prefieren pagar $1.5 para que le abras la puerta!)? ¿No han visto como ahora los jóvenes pasan un 50% del tiempo de una fiesta mandando mensajitos quedando menos espacio para bailar o para intercambiar fluidos? ¡Si, Telcel le quita tiempo al cortejo y al coito! ¿no se suponía que esta tecnología debía acercarnos más? ¿entonces porque ahora basta con que llames al amigo en su cumpleaños en lugar de ir a verlo? Llegar tarde era una cuestión terrible para ambas partes, parecía que el celular podía amainar eso pero se ha convertido en un sustituto de la puntualidad al grado de que quien avisa que va a llegar tarde es expiado de su culpa, así haga que la otra persona espere tiempos de 30 minutos o hasta una hora.

Para mi viaje a Europa nuevamente llevé el celular, pensando en su inmediata practicidad, pero resultó más efectivo el internet y nuevamente, el costo de cada chip (un alemán, uno holandés) fue excesivo si considera su rendimiento y los problemas que llegó a resolver ese medio de comunicación.

Así que si, un día quizás muera aislada y el forense ponga en mi acta de defunción "Causa de la muerte: No traía celular", bueno, así podría ser el fin de mi dichosa vida sin celular.

Después de este desahogo, esta catarsis anti tecnología, declaró que mientras la portación de un teléfono celular no sea obligatoria en mi país, no voy a poseer ninguno de esos aparatos. Prefiero esperar 15 minutos de retardo, prefiero confiar en la formalidad de la gente, prefiero escuchar en vivo a las personas, prefiero estar en paz y dejar que algunas cosas y sucesos pasen desapercibidos para la inmediatez de la noticia, prefiero poder decir, "Sorry, yo no uso celular, mejor quedemos de una vez".

Bici... ¿política?

Creo que hay cierta razón en que las bicicletas como tales no tienen bandera política. Su uso ha sido fomentado o suprimido por gobiernos de distintas corrientes. Pero también es cierto que la bicicleta representa una amenaza seria a uno de los instrumentos más celosos del sistema económico mundial, esto es el control de los energéticos.

Es simple, en una ciudad sin autos no hay consumo masivo de petroleo. Por ello, la bici es un símbolo de ir en contra de lo establecido, de lo que debe ser y tiene que ser. Cobra más relevancia debido a que durante mucho tiempo en las sociedades industrializadas la bicicleta era sinónimo de atraso, pobreza, naques (basta recordar la frase aún vigente de "Pueblo bicicletero"). Por ello el que ahora este medio de trasporte, y más aún estilo de vida, se abra paso en medio de los modelos de desarrollo económicos es perturbador para la clase dominante.

Por supuesto las bicicletas también son parte de la demanda de consumo de bienes; no igualan las fortunas (hay bicis groseramente caras que suele usar gente que solo busca la pose). Su producción genera contaminación, su publicidad comete los mismos actos de discriminación que el resto de la publicidad de otros productos y su producción se rige por la ley de la oferta y la demanda. No tiene en ese sentido tanta pulcritud, corroborando así que nada está exento de crítica y no hay nada inmaculado.

Pero también es cierto que no hay bicis amarillas o tricolores, más bien creo que toda bici es disidente. Su usuario en ojos de los demás arriesga la vida, suda en demasía, se cansa a lo güey, pierde feminidad (en el caso de las mujeres), demuestra su estatus menor en la escala social pues ¿¡quién en sus cabales dejaría el auto en la cochera?!

Por eso me parece natural que toda protesta contra lo injusto, ilegitimo, deshonesto o inhumano, incluya entre sus huestes a la bici.

Fotos de México

Estoy frustrada:
En algún punto de la historia México fue importante como aliado para EU, fueron los tiempos de la guerra y los EU nos ofrecieron muchas cosas a cambio de nuestra ayuda para mantener la economía de guerra que tenía en aquel entonces ese país. Uno de esos ofrecimientos fue aerofotografíar todo el territorio nacional, la oferta era demasiado tentadora y aceptamos. 

Entre 1941 y 1943 la unidad de espionaje gringa fotografió desde el aire todo nuestro territorio a diferentes escalas en fotografías verticales y oblicuas. Ayer tuve acceso a ese inmenso archivo que huele a muy, muy, muy viejo. Las fotografías son extraordinarias y da nostalgia ver que en pleno verano el Popocatépetl y el Iztaccihuatl están cubiertos de nieve todavía con sus glaciares. Sin embargo, pude comprobar que casi todo el archivo se ha perdido, debe quedar alrededor de un 10 % de las fotografías de esos legendarios vuelos. Las fotos de los territorios más importantes como Ciudad de México, Guadalajara y en realidad casi todo el centro del país esta totalmente perdido. Todas esas fotografías están en manos, me imagino yo, de varios alumnos de diversas generaciones que estudiaron geografía o geología en la UNAM, las tomaron y no las regresaron, las destruyeron, seguramente las rayaron.

Es curioso, lo que se ha salvado lo ha hecho porque tiene la etiqueta de "No localizado", es decir, para ubicar de dónde son esas fotografías es un trabajo extenuante. Todo lo que se rotuló con su localización precisa está casi totalmente perdido. 

Y pues así estoy, frustrada porque esas fotos valiosas para diversos estudios multi-temporales no regresaran, en otros países serían un tesoro y su cuidado sería dedicado y delicado, pero en el nuestro es basura de la que hay que deshacerse. Una tristeza e inmensa frustración.

Exploramos porque...

Desde que tenía seis años mi padre nos enseño a mi y mis hermanos a viajar. Eran las vacaciones familiares pero para mi eran un autentico viaje de exploración los lugares más recónditos de mi universo conocido.

Con mis primos y hermanos jugábamos a explorar y viajar a tierras desconocidas. Mención especial merece aquella vez que mis padres nos encontraron llorando todavía sosteniendo una "liana" (dos sábanas unidas por un nudo de dudosa resistencia) en medio del abismo del templo de la calavera en la Amazonia (la escalera de nuestra casa), era evidente que la expedición había salido muy mal (la liana no había soportado nuestro peso)... santo porraso nos habíamos dado mi hermana, mi hermano y yo, pero eso no me detuvo.
Tiempo después tuvimos una fiesta de esas de cumpleaños y todos teníamos bicicletas. Recuerdo que la idea era ir hasta el local de las "maquinitas" dónde además de los videojuegos se podían comprar buenos helados y dulces. La misión era absurda, ¿por qué ir a buscar la diversión cuando la fiesta misma era ya muy divertida? Teníamos pastel, muchos dulces y demás... ¿por qué ir a aventurarse a lo desconocido, arriesgar nuestra vida o peor aún, arriesgarnos a un regaño severo de nuestros padres? Pues porque si.
Así, poco a poco las metas se fueron extendiendo, una cuadra, dos cuadras, el límite de la colonia, los parques de las otras colonias, hasta que un día hacíamos viajes en bicicleta en que cruzabamos los límites delegacionales. Eso era demasiado para un grupo de niños, era nuestro ecuneme y yo llevaba un mapa con el registro de todos nuestros triunfos.
Durante la adolescencia perdí la brújula, en todos los sentidos. Pasado ese periodo de terrible desperdicio de tiempo, arribé a mis veinte con una nueva hambre por explorar y el mejor remedio fue... ser geografa.

A lado de gente desconocida comencé a explorar mi país, a respirar su esencia, a conocer a su gente, sentir su realidad, vivir México, así, literal. Esos viajes se llamaban prácticas y algunos los veían como oportunidades perfectas para emborracharse muy lejos de casa... pobres mentes de corto entendimiento, pero hasta ellos aprendían algo, ¡así de significativas eran las prácticas!

Entonces, en un alarde de autonomía decidí comenzar los primeros viajes sin auspicio de mis padres o de la universidad. Fue extraño, eran viajes distintos, la libertad de poder decidir los tiempos o las rutas, de explorar pues. De mochila al hombro recorrimos la Baja California, el desierto de San Luís Potosí y las montañas del centro de México.

Lo que vino después fue una consecuencia lógica de mi locura, fui más lejos. Crucé el Atlántico y de ese modo pude dimensionar mejor a mi país y mi gente. Hablé otros idiomas y tuve otros horarios, pagué con otras monedas, me llevé al estomago majares increíbles y en mi mente grabé magníficos paisajes.

Mi primer día en Perugia, Italia, no tenía equipaje (la aerolínea lo había perdido), no tenía dinero (la tarjeta estaba cancelada por "razones de seguridad"), no conocía a nadie, afuera la medianoche helaba y todo era extraño, nuevo, amenazante. Tenía miedo, pero al mismo tiempo gusto, era como decir... aquí vamos de nuevo, eso es lo maravilloso de viajar, los cambios te motivan no te detienen.

Y en esas ando, el próximo año cruzaré el Atlántico otra vez y si todo sale bien añadiré a mi lista de continentes visitados el asiático. Los científicos dicen que todo es culpa de un gen (7R), será el sereno, lo que es indudable es que es inevitable moverse, viajar es... mi vida, es lo que soy.

La adaptabilidad a los cambios.

La imagen trillada de "tan fuerte pero tan flexible como el bambú" es un idea que todo ser humano debería considerar. La vida está llena de cambios, alguno súbitos y otros paulatinos, nada permanece y si alguien no está preparado para esos cambios puede entrar en lo que se llama periodo de crisis y posterior desastre, su mundo se cae a pedazos. Tener ideas muy firmes, ideales muy arraigados, creer ciegamente en las costumbres o dogmas solo agravan las crisis de las personas ante los cambios. Primero hay un estado de negación, el problema con eso es que los cambios no preguntan si pueden pasar, simplemente pasan, son como los huracanes, no piden permiso, simplemente forman parte de un sistema mayor que "necesita" funcionar, eso convierte al estado de negación en un proceso altamente frustrante.

La palabra clave es la resiliencia, es decir, la capacidad para absorber los cambios en tu vida y recuperarte de ellos sin que pierdas tu esencia, sin que dejes de ser tú. Esto último es importante porque la resiliencia no implica ser como un juguete del destino y estar a expensas de todo lo que te pasa, no es una forma amable de aceptar la calamidad, no significa convertirse en una veleta; al contrario, significa mantener la identidad luego de un cambio, no significa aceptar todo y dejar que todo te golpee. Es más como los chinos dicen: las crisis son la oportunidad perfecta para mejorar.

De esta forma el proceso de aprendizaje se hace realmente significativo, cuando el aprendizaje no se practica es sólo lo que Freire llamaba el banco de conocimientos, la "cultura general", un montón de wikipedias en tu cerebro que no sirven para nada. Los cambios permiten que utilices tus conocimientos y herramientas en conjunto con las emociones para lograr salvar la crisis. Aquí es importante decir que luego de un cambio no se puede regresar el casete y pensar que todo "volverá a ser igual", nada lo es, sino no sería un cambio.

Las personas más vulnerables son aquellas que no han practicado o ni siquiera conocen una serie de herramientas sociales, emocionales o incluso legales (como los derechos), la ignorancia aumenta tus probabilidades de caer en crisis. Pero obviamente no es lo único. También cuenta la exposición, personas cuya historia de vida está más sujeta de estres, tragedias, situaciones difíciles de manera continua pueden o aprender de eso o ser más y más vulnerables conforme cada crisis pasa, cediendo un poco hasta que ya no queda mucho de ellos. Finalmente está la capacidad para recuperarse, aquí entran las herramientas emocionales y hasta factores como el económico, la red de ayuda (familiares, amigos), el entorno social, los instrumentos legales.

El asunto es por supuesto mucho más complejo, pero bueno, es un intento.

La avaricia por espacio.

El espacio es un concepto difícil de explicar, no es una caja imaginaria llena de aire y cosas, es una idea más compleja que tiene un elemento muy humano: se le puede apropiar, pero esa apropiación no implica necesariamente privación.

Todos hemos escuchado lo de libertad de libre tránsito, es decir ir de un lugar de a otro sin que otros no los impidan, ese derecho muchas veces es violado por distintos actores, el más notable de esos actores es la propiedad privada, una forma de apropiación del espacio de forma privativa, básicamente unos pueden otros no, se establece la diferencia entre quien tiene acceso y quien no. La propiedad privada se ha extendido al espacio, las fronteras de los países delimitan territorios que le pertenecen a diferentes entes administrativos, otros límites son menos claros como el que divide la zona rica de la zona pobre de una ciudad, el paraíso de lo urbano de la fatalidad rural. En un sentido estricto cada uno tiene un espacio y lo hace suyo, el concepto va más allá del espacio vital (50 cm más o menos dependiendo de la cultura), abarca desde una habitación, una casa, una colonia, un trayecto... el mundo entero (yo soy de estas ultimas). A veces estos espacios se defienden bajo la paranoia de perderles, de verlos invadidos, es la propiedad privada en su máxima expresión, en su versión más egolatra, más celosa, más enferma. Esta forma de apropiación egoísta no es natural, hay formas de apropiación del espacio que implican el compartir, varias culturas han dejado evidencia de ello, valga un ejemplo: En los setenta cuando la Shell trataba de apropiarse de las tierras de las tribus nigerianas los ejecutivos no podían creer las "estúpidas" ideas de los líderes de esas tribus "No te puedo vender esta tierra pues aunque es mía, también es de todos los que viven aquí, de todos los que vivieron aquí y de todos los que aún no nacen pero vivirán aquí". Ese país no tuvo guerra civil de a gratis, semejante comunismo cósmico no podía ser tolerado en una tierra rica en petroleo.

La pertenencia de las cosas es un concepto difícil de cuestionarnos, "si lo pago es mio" decimos pero ¿quién carajos te dijo que eso es así? Hay infinidad de cosas por las que no has pagado y son tuyas, una de esas es el espacio que aún hoy en medio de tanta apropiación voraz es todavía casi de nadie. La avaricia de espacio es lamentable en nuestra sociedad, basta fomentar el miedo en el otro para levantar bardas, rejas, alarmas, límites de todo tipo y forma para evitar que el extranjero, el extraño, el peligroso ingresen.
 
Sólo piénsenlo de forma tan simple ¿cuándo fue la ultima vez que le abrieron la puerta de su casa a un desconocido y le ofrecieron, agua, techo, comida, su tiempo, su sonrisa? Hablo de gente que no fue a brindarles un servicio, hablo realmente de personas que no tendrían porque estar en su casa, los extraños, los extranjeros, los peligrosos. Ese mis amigos es un miedo difícil de vencer, esta muy arraigado, fomentado y no es menos persuasivo...

De principios de año.

El año nuevo me es indiferente, es como la secuela de la cena de Noche Buena pero con menos toque familiar. Recuerdo algunos cambios de año memorables para mi, el primero fue en Puerto Escondido, Oaxaca, era el lugar perfecto, lleno de jóvenes hermosos y de todas las nacionalidades, fuegos pirotécnicos, la playa, el mar, el alcohol, el rock en vivo. Una fiesta en toda regla... y yo estaba tan frustrada con mi vida que lo que más recuerdo de esa noche fue tan amargo que se me tatuó en el alma. La cuenta regresiva explotó de forma irónica con el éxito de The Cure: "Boys don't cry". Cuando estás deprimida no hay nada peor que la más perfecta de las fiestas como escenario. Fue mi climax y doctorado como wallflower, esa noche sembré nuevos odios cosechando viejos rencores.

El segundo recuerdo es un poco más agradable, fue en el cambio de siglo. Había una torre de comunicación, su estructura estaba colocada sobre un edificio lo que incrementaba su altura. Poco antes de la media noche, acompañada de mi primo y mi hermano, brincamos ilegalmente la barda que impedía el acceso a la torre. La miramos impresionados desde abajo, con sus lucecitas rojas y azules que servían para evitar que alguna aeronave se estrellará con ella pero que al mismo tiempo la vestían ad oc para la época. Esa noche en la ciudad había tormenta eléctrica, pero eso no amainó mi ánimo por ascender. Luego de unos veinte metros llegué a la plataforma de descanso, mi primo me alcanzó hasta allí mientras yo seguía mirando la cima. Sin más, continué escalando por las resbaladisas escaleras de la delgada pero alta estructura de la torre, finalmente llegué hasta arriba y mire las luces de mi ciudad y de fondo la tormenta eléctrica. El frío era espantoso y el viento lo agravaba, además hacía que la torre se moviera de forma ligera pero no poco espeluznante. entonces, comenzaron los fuegos artificiales por todas partes y con los rayos bailaron con armonía en ese cielo nuboso. Estuve unos quince minutos en la cima de esa torre, yo sola, mirando el mundo desde arriba, disfrutando el espectáculo de luz. El hedonismo me impedía ver el riesgo, la caída o la muerte... solté las manos y me mantuve en equilibrio solo con mis pies y pantorrillas bien sujetos al obtuso hierro que me servía de hombro de gigante.

Pensé en el nuevo siglo, en el futuro y mi suerte como Viola, con tantas cosas que no podía decir, con tanta energía que debía contener... un trueno me sacó de mis contemplaciones y descendí lentamente. Mis cómplices abajo me recibieron con alivio y regresamos a la cena. Me había gustado tanto ver las cosas desde arriba que me prometí nunca más dejarme descender.